Ela Wright

Ela Wright

33 años.
Humana. Patólogo Forense.

Nacida hace 33 años en Brisbane, Queensland, Australia. De madre croata y padre Australiano. Se crió en el seno de una familia de clase media que no destacaba más que por los méritos personales que cada uno compartía con el resto a la hora de la cena.
Disfrutó de todos los privilegios que podía tener una hija única, algo malcriada por haber sido la primera, hasta que a sus 6 años nació su hermana. Pero poco o nada cambió para los Wright, a parte de que tenían una boca más que alimentar.

Fiel admiradora del trabajo de su padre como médico oncólogo y fuerte defensor de la ciencia, pasó la mayor parte de su vida obsesionada con que existía una explicación científica para todo lo que sucedía a su al rededor. Y aquello se afianzó cuando, en el instituto, su mejor amiga, Wendy, sufrió un “accidente” de moto que todos calificaron de fortuito, falleciendo en el acto. En una sesión con el psicólogo orientador del centro, éste le preguntó a Ela cómo se sentía y, tras responder que (obviamente) estaba mal por la pérdida de su amiga, el hombre le explicó -literalmente- que ésta había “tenido mala suerte”. Ela le miró muy seria y, tras unos minutos de reflexión, casi sin venir a cuento, le explicó detalladamente cómo el neumático delantero de la motocicleta de Wendy había patinado en un charco y cómo la energía cinética se había hecho cargo del resto hasta que su cabeza impactase contra la acera. Sin casco protector. “El accidente no ha sido provocado, ni mucho menos, por el destino”, concluyó. Se levantó de la silla y se marchó dando un portazo. Nunca más volvió a recurrir al servicio de orientación del centro.
Desde entonces, decidió que era mejor ser una persona introvertida y pasar horas encerrada en su habitación leyendo libros o disecando al hámster de su hermana tras un triste fallecimiento, producto de una insolación (no de la mala suerte, como también quisieron venderle sus padres a la dueña del animal, deshecha en lágrimas tras encontrar el cadáver). Ela sabía que, mientras sacase buenas notas, nadie tendría nada que reprocharle. Y, aunque en el instituto la llamasen “bicho raro”, poco o nada le importaba porque sus padres estaban orgullosos de sus progresos.

Cuando alcanzó la edad correspondiente, su devoción por la lógica y ya mencionada admiración por su padre, la llevó al estudio de la medicina. Aunque a los pocos meses, se percató de que no estaba destinada a trabajar con pacientes vivos y a lidiar con todas aquellas emociones que suponía la dolencia “expresada” de las personas. Ella podía entender la bioquímica, realizar análisis sanguíneos, diseccionar órganos y tejidos, pero no encontraba microscopio con el que analizar las emociones humanas. Así que se convirtió en patólogo forense.
Su primer trabajo fue para el Servicio de Policia de Queensland, en su misma ciudad. Pero más tarde recibiría una oportunidad de translado para cubrir un puesto a casi 20.000 km de su casa. Concretamente en Nashville, Tennessee, USA. Sin pensarlo dos veces, hizo las maletas y partió a vivir eso que todos llamaban “el sueño americano” (ella lo denomina “traslado por mejora laboral”). Su plaza cubría una baja que empezó siendo indefinida, pero duró dos años. Tras un mes de inactividad, su expediente ha sido movido a Sunnydale para cubrir una vacante en el Dpto. Forense de la comisaría de policía. Y esta vez, la plaza es suya.