Anna Isabella Passerini

Ciudad de L’Aquila (Italia) en 1364, entonces llamada simplemente Aquila, entonces una población joven y una ciudad casi recién fundada, pero que venía arrastrando una racha de mala suerte, por llamarlo de alguna manera. Anna Isabella era la esposa de un lechero, ella tenía ya 27 años y su marido rondaba los 34, a pesar de su edad y llevar ya casi 10 años de casados, no tenían hijos, cosa que daba de que hablar. Al principio era simplemente pena, El Señor no la había bendecido con la capacidad de gestar, y todas esas cosas que se dicen pensando que una mujer sin hijos era como si le faltaran extremidades y que acabaría volviéndose loca.

Ambos tenían una pequeña casa con granja y huerto en una aldeíta los alrededores de la ciudad (lo que a día de hoy vendría a ser uno de los barrios), contaban con unas 8 vacas que pastaban cerca de casa y daban leche que vendían a los vecinos. Con eso y el huertecito, no se podían quejar, vivían bastante bien, y al ser solo ellos dos no tenían demasiados gastos. Para algunos de sus conocidos, se podría decir que eran casi privilegiados.

Se produjo una epidemia en la ciudad, posiblemente peste bubónica o una infección de ántrax, y muchas personas a lo largo de L’Aquila y sus diferentes poblaciones la padecieron y murieron. Pronto se empezaron a buscar culpables, en todo L’Aquila surgieron varios chivos expiatorios entre sus habitantes, acusándolos de brujería y de haber propiciado que “la plaga” se cebara con la ciudad. Estas personas podrían haber sido nombradas aleatoriamente, pero la mayoría tenían algo que llamaba la atención de antemano entre sus vecinos, cosas sin importancia en realidad, pero que la gente aprovechaba para convertirlo en un signo demoniaco o una prueba de poderes oscuros, tales como una marca en la piel, que algo en su vida o su trabajo no les agradase del todo. Y con La Inquisición ganando terreno y poder en toda Europa, todo se fue dando demasiado fácil.

Los rumores empezaron a apuntar hacia la granja de Anna Isabella, en un principio tanto ella como su marido estaban en boca de todos, decían que prosperaban porque tenían tratos con el demonio, que por eso no tenían niños, que daban sus hijos no natos en sacrificio, o de comer a las vacas o de abono para los huertos… las habladurías cambiaban según quien lo contase. Fue cuando vio que un arresto de la Inquisición se acercaba, cuando su marido, por miedo y por cubrirse las espaldas la acusó, diciendo que hasta ahora no sabía nada, pero había encontrado en la cocina hierbas extrañas y posibles amuletos satánicos. Él sabía que lo que ella guardaba no eran más que infusiones y especias de las que podía permitirse cultivar, y que no iban a hacer más que una ensalada muy sabrosa con eso, pero no hizo falta más para que las “autoridades” la arrestasen.

Fue interrogada y Anna Isabella en todo momento juraba y juraba que no tenia tratos demoniacos, que ella era una buena cristiana y nunca había faltado a una misa, que lo que había encontrado en su cocina solo era para cocinar y las infusiones eran inofensivas, pero admitió que una de ellas aliviaba el dolor de cabeza, y aunque cualquiera de ellos en otro momento habría dicho que no había mayor problema, en ese momento estaban deseosos de declarar que se trataban de ungüentos mágicos. Después de tres días de duros interrogatorios y maltrato, fue condenada a la hoguera.
En el justo momento en que encendía el fuego bajo sus pies, se encontraba rezando y preguntando por qué la había abandonado cuando ella nunca le dio la espalda a Dios. Se echó a llorar y vio como entre el público había alguien que no le gritaba “bruja” o “quémate”, una chica rubía. Le vio mover los labios y a pesar de la lejanía podía escuchar que le preguntaba, lo que no sabía Anna Isabella era que se trataba de un demonio de venganza que le quería arrancar un deseo para castigar a los inquisidores, pero su deseo fue algo distinto, ella solo quería que las cosas fuesen distintas, quería vivir en un lugar donde la gente no la temiera solo por ser diferente o saber de ciertas cosas. Vio la cara de la chica rubia cambiar hacia algo demoniaco y una gran nube de humo se levanto alrededor de la pira. Cuando el humo se esparció los espectadores vieron que no había rastro de la ejecutada. Segundos después, Anna Isabella caía sobre césped, y a pocos metros contemplaba una ciudad completamente distinta a la que acostumbraba a ver: Sunnydale, época actual.

— Pendiente de una reescritura y actualización —

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